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Indecisiones y Desconciertos

In Citizenship Equality, Jose Celso Barbosa y Alcala, Puerto Rico, Puerto Rico Independence, Puerto Rico Statehood, Self-Determination, The Big Lie: The PPD's "Commonwealth" on July 27, 2011 at 10:03 AM

Dr. José Celso Barbosa y Alcalá | El Tiempo, 11 de mayo de 1913

Con motivo del inusitado triunfo de los demócratas en los Estado Unidos y de la toma de posesión de Mr. Wilson, el cual, por haberle cogido de improviso su triunfo, no ha tenido tiempo de prepararse para la intervención en los grandes problemas nacionales y exteriores de la República Norteamericana, y al que las gentes, en alas de la exaltación imaginativa de los soñadores políticos, atribuyen conceptos, ideas y determinaciones sobre asuntos acerca de los cuales ni aún ha tenido tiempo de pensar; está bullendo otra vez en esta Isla, el hervidero político, y sería motivo de risa, si no causara mucha pena, ver la falta de fijeza de algunos hombres a quienes se tenía por inteligentes y conocedores de la política, o, por lo menos, dotados de un buen sentido práctico, andando por esas calles, y saltando de sitio en sitio, como el colibrí va de flor en flor, esparciendo ideas tan contrarias y sin ilación con los hechos, que asombra oír en sus pareceres, y algunas veces se pregunta uno, si estamos en una casa de locos, o si estamos en una sociedad civilizada que tiene el ardiente deseo de asegurar lo mejor posible su bienestar y su porvenir.

Hay por ahí personas muy serias que hablan de cartas recibidas de los Estados Unidos y atribuídas al Presidente, que hasta ahora el buen señor ni siquiera ha pensado escribirlas; se atribuyen pareceres a personajes que todavía no han hablado ni dicho siquiera esta boca es mía; y sobre todo, aquellas imprudentes frases que dijera el presidente Taft acerca del futuro de Puerto Rico cuando expresó su parecer de que la tendencia política de los Estados Unidos respecto de Puerto Rico no iba por el camino del Estado, imprudencia que sólo puede mitigar el deseo que tuvo el anterior Presidente de dar a entender, como así creemos, que es realmente, que la concesión de la ciudadanía a los puertorriqueños, en nada prejuzgaba la constitución política definitiva de este país, han servido de norte a algunas personas para asegurar enfáticamente que no hay más camino para nuestro porvenir que la independencia o la autonomía colonial; esto es, un riesgo o un desacierto.

Ciertamente que sólo llevamos catorce años de convivencia íntima con la nación americana, y ha sido poco tiempo para acostumbrarnos bien a lo política americana, y para curarnos de los resabios de la política europea que no encajan en ésta, por la fundamental diferencia entre una y otra, de que la europea se inspira en la tradición monárquica y la americana descansa en la soberanía del pueblo. Pero ese poco tiempo no sirve de disculpa para que exista tanta indeterminación en el pensamiento de algunos políticos puertorriqueños, y para que por no haberse obtenido en seguida todo lo que se deseaba, se cambie de rumbo y se modifiquen ideas, lo que viene a sembrar una grandísima confusión y hacer que no nos entendamos, por todo lo cual no debe sorprendernos que luego nos digan los de afuera que no saben lo que queremos, ni lo que pensamos.

Para el mejor examen y discusión de nuestro problema local, no nos olvidemos de dos puntos esenciales: uno, cuál es la solución más adecuada a nuestro propio bienestar; otro, cuál es la solución más conforme a la política norteamericana.

Examinemos ligeramente el primer punto. No sólo por el natural sentimiento de todo pueblo llegado a su madurez política y social, de gobernarse por sí mismo, sino por la manera como se desarrolló nuestra vida cuando formábamos parte de la nación española, todo puertorriqueño aspira a la independencia de su país, y, como es natural, surge en seguida el problema de cómo se ha de entender y organizar políticamente ese sentimiento de la independencia para el funcionamiento del gobierno propio.

Afortunadamente, nos encontramos casi a la mitad del camino, porque por el influjo de la democracia americana, hemos resuelto todos los fundamentales problemas de la política general de un país, que todavía están dando mucho que hacer en naciones tan diestras en el manejo de los negocios públicos como Francia y España, que sucesivamente llegaron a dominar en el mundo entero. La más amplia libertad en el orden del pensamiento, de la conciencia, de la palabra, y de la acción, tanto en el individua considerado en sí, como actuando en el ambiente social, está asegurada afortunadamente en este país: se van desarrollando progresivamente todas las fuentes de la producción, y la paz está garantida. Son pocos los pueblos que hoy gozan de esas tres magníficas condiciones, y por lo que a América se refiere, no hay más que tres territorios que las disfruten: las colonias inglesas, la República Norteamericana, y la isla de Puerto Rico.

Examinando el resto de América, esperamos que se nos diga cuál de los otros de los distintos pueblos que existen en este continente, goza en mejor grado de las condiciones de libertad, de desarrollo en su riqueza y de paz, que nuestra isla de Puerto Rico.

Ahora bien: al desarrollar nuestro sentimiento de independencia para organizar el gobierno propio, debemos tener presente no sólo las condiciones del pueblo, sino el territorio en que ese pueblo se extiende, y las condiciones generales interiores y exteriores de ese territorio, a fin de que pueda realizarse una obra durable, de paz, de orden de felicidad y de justicia.

Puerto Rico es un territorio muy pequeño para fundar una nacionalidad. La gran concentración de ideas, de sentimientos y de relaciones científicas, industriales y mercantiles que existe hoy en el mundo entero, exige la constitución de grandes grupos sociales que puedan equilibrarse para mantener el orden y la paz y seguir adelante el progreso en todas sus manifestaciones. Los hombres ya no se atreven a hacer las cosas por sí solos, como las hacían antes. Buena prueba es lo que sucede en las profesiones, en las cuales cada día se van especializando en un solo detalle, y dentro de la especialidad, se asocian unos y otros para el mejor desempeño de sus funciones y el más seguro éxito.

Pues lo mismo sucede en los pueblos: hace tiempo que las colonias inglesas se sienten pequeñas y se encuentran muy separadas de su Metrópoli, y buscan el medio de agruparse para formar confederaciones y entrar juntas con la poderosa Metrópoli en la dirección e influjo de los negocios mundiales.

A medida que el progreso asciende en su maravillosa carrera, el choque de intereses es más fuerte, y más intenso el encono de los que desgraciadamente caen por su debilidad, pereza o negligencia. Hoy no se respeta más que a pueblos que tienen muchos soldados y muchos barcos, porque son los que representan una fuerza efectiva. Obsérvese lo que acontece en Europa, en donde vemos ahora mismo que está sucumbiendo Turquía desde que empezó el decaimiento de su poderío naval y militar, y cómo han tenido que unirse para combatirla a pesar de todo, las cinco pequeñas naciones que juntas le están haciendo la guerra.

Aquí en América, el problema no es tan urgente por ahora, porque existe la egida protectora de la República Norteamericana, desarrollando la doctrina de Monroe, que ha venido a salvar a las repúblicas hispanoamericanas; pero muy pronto comenzaremos a sentir los efectos de la debilidad en nuestras nacientes repúblicas, si no se encuentran fuertes y poderosas, cuando el impulso del progreso traiga a América indefectiblemente, la hegemonía política y mercantil que tiene hoy Europa.

No se funda, pues, un pueblo como nación, para hoy, ni para mañana, ni para luego, sino que se constituye para siempre. Y es preciso convenir en que la isla de Puerto Rico no se encuentra en condiciones para ser una república independiente, fuerte y vigorosa por sí misma. En tales condiciones, necesita Puerto Rico del auxilio ajeno que le proporcione la fuerza y le dé la consistencia de que ella desgraciadamente carece.

Tres soluciones se presentan hasta ahora para resolver el problema: o el Estado, o la independencia, o la autonomía colonial. No hay más, ni es fácil que pueda inventarse otra, porque el pensamiento humano no alcanza a establecer nuevas creaciones políticas.

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